Dos personas tienen la misma acción, que cotiza a 80 euros. Una pagó 100 y quiere esperar a recuperar lo invertido. La otra pagó 70 y se plantea vender para asegurarse la ganancia. En este ejemplo hipotético, ambas se exponen a lo que le ocurra a la misma empresa a partir de hoy. Sin embargo, cada una juzga esa exposición desde el precio que pagó.
El sesgo de anclaje aparece cuando una referencia inicial pesa demasiado al valorar la información posterior. La Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) pone como ejemplo el uso de una cotización pasada para juzgar la evolución de una acción. El precio de compra es fácil de recordar y aparece en el extracto de la cuenta. Esa visibilidad puede darle más importancia que a un dato nuevo que cambie las perspectivas de la empresa. Guía de psicología económica de la CNMV, octubre de 2019.
La cuenta de ayer y la decisión de hoy
Quien pagó 100 euros acumula una caída del 20%. Quien entró a 70 registra una subida del 14,3%, redondeada. En ambos casos se compara la cotización de 80 euros con el precio de compra y se dejan fuera dividendos, comisiones e impuestos. Para volver de 80 a 100 haría falta una subida del 25%, porque ahora el punto de partida es más bajo. Ese porcentaje mide la distancia hasta el precio anterior. La probabilidad de recorrerla depende de lo que suceda desde hoy.
Supongamos que la empresa acaba de perder a un cliente importante. Para valorar cuánto cambia el negocio importa saber qué parte de los ingresos aportaba ese contrato, cuánto tardaría la empresa en sustituirlo y si puede sostener sus gastos y su deuda mientras tanto. Si la pérdida del cliente reduce de forma duradera el dinero que genera el negocio, el precio de compra cuenta poco para juzgar el efecto. Si hay contratos nuevos que compensan la caída, esos contratos aportan información más directa que la distancia hasta los 100 euros.
El anclaje describe el peso de una referencia en el juicio. El efecto disposición describe una pauta de venta, la mayor propensión a vender posiciones que van ganando que posiciones que van perdiendo. En un estudio publicado en 1998, Terrance Odean partió de los registros de 10.000 cuentas de un intermediario estadounidense entre 1987 y 1993. En las jornadas de venta que analizó, se vendió en el 14,8% de las observaciones con ganancia y en el 9,8% de las observaciones con pérdida. El cálculo incluye tanto las ventas como las ocasiones en que una posición podía haberse vendido con ganancia o pérdida y se mantuvo. El estudio empleó el precio medio de compra como referencia y recoge un patrón agregado de aquella muestra. Las motivaciones de cada venta quedan abiertas. Estudio de Odean, tabla I.
Qué tendría que cambiar para revisar la posición
En el ejemplo, una forma de detectar cuánto pesa el precio de entrada es imaginar que la posición se revisa por primera vez. ¿Qué razones habría para asumir hoy el riesgo de esa empresa a 80 euros? ¿Qué dato haría cambiar esa valoración? Si todo depende de que la acción «vuelva a 100», el ejercicio permite buscar qué tendría que mejorar en el negocio para justificar esa expectativa.
La pregunta sirve para revisar el negocio y después comparar las alternativas reales. Quien ya tiene la acción puede afrontar comisiones e impuestos al vender. El coste de adquisición ayuda a calcular el resultado de la operación y puede ser relevante para determinar su efecto fiscal. También importa el peso de la posición en la cartera. Una acción puede seguir teniendo perspectivas razonables y, aun así, concentrar demasiado riesgo para el conjunto de inversiones.
En el caso del cliente perdido, la siguiente publicación de resultados ofrece una ocasión para revisar la posición. La empresa podría haber recuperado ventas a costa de bajar precios. Conocer cuánto ha recuperado y qué margen obtiene con los nuevos contratos ayudaría a evaluar si ha compensado el impacto de aquella pérdida.
